Opinión

La ruta no perdona la imprudencia

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La ruta no perdona la imprudencia
Cuatro personas fallecidas, un sobreviviente que lucha por recuperarse y varias familias sumidas en un dolor difícil de describir. La tragedia ocurrida sobre la ruta PY-18, en la compañía Potrerito, a apenas unos 10 kilómetros de la ciudad de San Juan Nepomuceno, no puede ser interpretada como un hecho aislado ni atribuida únicamente a la fatalidad.

Lo ocurrido obliga a una profunda reflexión sobre la manera en que se conduce en nuestras rutas y caminos del interior. Con demasiada frecuencia, las normas de tránsito son tomadas como simples sugerencias. Los límites de velocidad, las prohibiciones de adelantamiento, el uso del cinturón de seguridad e incluso la cantidad permitida de ocupantes en un vehículo son ignorados con una peligrosa naturalidad.

A ello se suma otro ingrediente recurrente en muchas tragedias viales: el consumo de alcohol. Conducir después de beber o conducir tomando bebida alcoholica, continúa siendo una conducta socialmente tolerada en ciertos sectores, bajo la falsa creencia de que "por conocer el camino" o "por estar cerca de casa" nada malo ocurrirá. Sin embargo, el alcohol disminuye los reflejos, altera la capacidad de reacción y afecta el juicio, convirtiendo cualquier error en una sentencia fatal.

Lo más estremecedor de este caso es que el accidente no ocurrió en una autopista distante ni en una ruta desconocida. Fue a pocos minutos del casco urbano de San Juan Nepomuceno, en un tramo recorrido diariamente por trabajadores, estudiantes, productores y familias enteras. Es precisamente esa familiaridad con el camino la que muchas veces genera un exceso de confianza y lleva a minimizar los riesgos.

En esta zona del país persiste una preocupante cultura de desprecio hacia las indicaciones de tránsito. No son pocos los automovilistas que consideran que las señales están para cumplir un requisito burocrático y no para proteger vidas. Se maneja con exceso de velocidad, se realizan maniobras indebidas y, en ocasiones, se combina el volante con el alcohol, como si las consecuencias fueran asunto del destino y no de decisiones humanas.

Pero la realidad es contundente. Los accidentes no siempre son inevitables. En muchos casos son el resultado de actos de irresponsabilidad: conducir bajo los efectos del alcohol, sobrecargar un vehículo, ignorar las señales o creer que la experiencia al volante está por encima de las normas.

La ruta no perdona la soberbia ni la imprudencia. Las señales de tránsito no están colocadas para adornar los caminos. Existen porque detrás de cada una hay lecciones aprendidas a un costo demasiado alto. La tragedia ocurrida a solo 10 kilómetros de San Juan Nepomuceno debe servir para recordar que nadie está exento. Porque bastan unos segundos de irresponsabilidad para que un viaje cotidiano termine en luto, y para que una familia que esperaba ver regresar a los suyos tenga que despedirlos para siempre.

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